| | Cacerolas vs. caja
por Carmen Coiro (*)
| | | | | 31.03.08 | | Por si hacía falta un hecho que marcara con contundencia la situación de la dinastía Kirchner, la batalla con el campo librada por el Gobierno de Cristina Fernández lo puso blanco sobre negro: fue el punto de inflexión de una era que probablemente pase del dominio absoluto del mundo político a la debilidad, una peligrosa debilidad. En conflicto se suscitó además en el lugar clave de la economía argentina: el campo, porque como si el país no hubiera crecido casi nada en medio siglo, otra vez la economía nacional descansa sobre la tierra y sus frutos, tal como ocurrió hasta la década del 30. Que el reloj del kirchnerismo atrasa, es una realidad ya incontrastable: atrasa en la generación de dicotomías anacrónicas, atrasa en su sistema autoritario de gobernar, atrasa en la elaboración de un verdadero modelo económico que haga crecer al país en base a nuevos criterios, más acordes con la marcha del mundo desarrollado. Cristina Fernández también atrasa al reclamar un reconocimiento de género que prácticamente ya no se discute en el mundo civilizado. Tantas son las paradojas y contradicciones, que el kirchnerismo parece estar empeñado en elevar el absurdo a la categoría de racional. Qué cosa más surrealista podría ser que una mujer que fue consagrada a la Presidencia con el mayoritario voto popular, ahora reproche justamente a quienes la votaron que le estén haciendo la vida imposible por ser mujer. Merker, Bachelet, la propia Thatcher, tantas mujeres la precedieron ya en el ejercicio de la máxima responsabilidad política de un país, pero jamás apelaron a un recurso tan bajo. Es que la autovictimización parece ser otro de los sellos del atraso de algunos conceptos kirchneristas. Sin ir más lejos, el propio Néstor Kirchner basó sus discursos de los cuatro años de su gestión en un constante grito contra una presunta oposición y rechazo que nunca se verificó. Es una lógica de poder que si sirvió por los primeros cuatro años, ahora muestra agujeros demasiado peligrosos. El matrimonio Kirchner hace gala de una obcecación digna de mejor causa, y tal es su inflexibilidad y escaso reconocimiento de la realidad, que el punto de inflexión que le marcó el campo pone a la actual administración en un mojón de alerta que jamás debió haber permitido que se instalara. Porque no es a los gritos, a los insultos ni enviando a patoteros como se resuelven los dilemas políticos en el siglo XXI. En la última semana el país fue testigo de una serie de incongruencias impuestas desde el poder que casi parecieron inverosímiles. Después de un discurso virulento y provocador, la presidenta Fernández habló en Parque Norte demostrando un esfuerzo supremo por tratar de borrar la realidad. Recurriendo a una serie de sofismas dignos de ser analizados en escuelas que perfeccionan ese sistema, hasta intentó hacer creer que nunca dijo lo que dijo el martes. Intentó mostrar un nuevo rostro pero no le salió bien, dos días después, porque aunque el campo suspendió a regañadientes la protesta, un día después volvió a imponerla al advertir que el Gobierno le ofrecía manos vacías. En el fondo debe desentrañarse a qué responden tantos desaciertos. Cristina, el día inicial del cacerolazo, no quiso irse en helicóptero a Olivos, prefirió el auto. Esa imagen volando desde el techo de la Casa Rosada se hubiera multiplicado en los medios del mundo. Aunque hizo esfuerzos por no parecerse a De la Rúa, fue inevitable la evocación de aquellos días aciagos. La falta de ofertas del Gobierno en la primera ronda de negociaciones fallidas parece responder a varias causas: por un lado, a la necesidad kirchnerista de no dar el brazo a torcer, algo que debe considerar una verdadera herejía en el altar del poder omnímodo que desea retener. La otra razón, sin duda, son los problemas de "caja" que están afrontando. Se acerca el momento de cumplir con deudas internacionales y hace falta más dinero para afrontarlas. El Gobierno quiso presentar al conflicto campo versus gobierno como una dicotomía ideológica, desviando una parte de la contienda, el gobierno, para convertirla artificiosa pero peligrosamente en "pueblo". Pero no anunció medidas de castigo para los grandes productores que explotan a sus trabajadores. Tampoco diferenció entre chacareros y terratenientes; puso a todos en la misma bolsa, con la misma ceguera con que envió al piquetero Luis D'Elía a golpear a gente que expresaba protesta en la Plaza de Mayo. El Gobierno es duro con el campo pero no lo es con la "patria petrolera", tal vez por que tenga más intereses en ese sector. No puede medir a todos con la misma vara, porque la suya está teñida de favoritismos. El método kirchnerista quedó claro en un conflicto que, a raíz de la crisis en el campo, pasó desapercibido. Hace unos días, decidió expulsar de la titularidad de la AFIP a Alberto Abad, uno de los funcionarios más eficientes de esta administración, porque había osado criticar a un subalterno, el titular de la Aduana ultrakirchnerista Etchegoyen. Para mostrarse equitativo los echó a los dos. Pero la única salida que se concretó en la realidad fue la de Abad. Etchegoyen quedó nombrado como segundo de la Aduana. Es decir, permaneció en el cargo. Todo un símbolo de la manera de manejar el poder del kirchnerismo. Ahora prepara un acto masivo de apoyo a Cristina Fernández para el martes. En el contexto de esa organización, es difícil imaginar que las negociaciones con el campo vayan a resultar fructíferas. Otra vez recurrirá a la confrontación, recostada en la fuerza de miles de militantes, sindicalistas y piqueteros que trabajan de llenar plazas por el "sí" a Cristina.
(*): DyN.
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