| | Sobre la Violencia Escolar
por Gladis Noemí Armendáriz*
| | | | | 16.05.08 | | Los hechos que acontecen lamentablemente a diario en nuestras escuelas y la lectura de un artículo “Sobre la violencia escolar” publicado el 8 de abril en vuestro periódico, me han llevado a poner en palabras mis reflexiones sobre el tema, como mujer, como mamá, como integrante de los equipos de orientación escolar psicopedagógicos, E.P.B. Nº 4 y 14 (municipales). A partir de los casos de violencia escolar que ocurren con frecuencia debemos cuestionarnos ¿qué está pasando?, ¿cómo debe actuar la escuela frente a la misma?, ¿qué y cómo hacemos, los protagonistas, nosotros los docentes, frente a la agresión de los alumnos y padres? ¿Y frente a la indiferencia o ineficiencia de quienes, aparentemente, tienen el poder de no poder, al igual que nosotros los docentes desde el llano? La violencia que se está dando a nivel escolar es un producto del momento que vive toda la sociedad en sí. Se dan situaciones extremas que muchas veces son mal manejadas por las autoridades. Hay que admitir que resulta muy complicado encaminar la violencia en la institución escolar. Para un chico que es sancionado por un acto de indisciplina escolar es muy contradictorio que sus padres sean permisivos con él y a la vez digan que “a los delincuentes habría que matarlos a todos” o que “ese docente no sabe nada”. Las autoridades educativas reconocen lo conflictivo de la situación de violencia y están preocupadas. Pero no saben cómo proceder en la mayoría de los casos, a veces hasta pareciera que les tienen miedo a los padres de los alumnos sancionados. Los docentes convivimos a diario con la agresión verbal, con la agresión hacia el edificio escolar o a los autos de los maestros, rotura de vidrios, robos, hasta el incendio (como el ocurrido la semana pasada en la E.P.B. Nº14). Todos actos delictivos de sujetos que no están de acuerdo con alguna medida impartida, o de impotencia, al igual que los docentes, ante la falta de respuesta adecuada o por negar y no poder ver la dificultad del hijo. Porque debemos reconocer que no están todas las soluciones para todos los problemas, como así tampoco todos los recursos. Los docentes han sido preparados para enseñar y no para manejar o controlar o abordar chicos con severos problemas de conducta que inciden, por supuesto, en la adquisición de aprendizaje. La vocación y la buena voluntad no alcanzan. El fenómeno ha llegado mucho más rápido a las escuelas que el cambio de actitudes e incorporación de muchos nuevos conocimientos en los docentes, para poder, al menos, intentar transformar la realidad del aula desde otros abordajes, con otra mirada y escucha, desde otro lugar que no sea sólo la sanción disciplinaria en forma aislada. La escuela, como institución social, tiene que tomar al toro por las astas. Pero no como una estructura aislada; el conflicto de la violencia nos afecta a todos, aunque no todos tienen la posibilidad o la oportunidad de poder intentar cambios. Los síntomas de violencia se manifiestan en las aulas, hasta en las salitas del jardín de infantes, pero no se generan ahí. Hay situaciones escolares y actitudes docentes que pueden favorecer en el alumno la aparición de respuestas agresivas, pero la agresión ya estaba instalada en la sociedad. Además, hay sujetos más permeables a ella, por su propia historia personal, por sus experiencias negativas de vida. Reitero, la escuela no es sólo la responsable. Hay muchísimos docentes que enfrentan diariamente riesgos personales y no sólo en zonas carecientes o llamadas marginales, con chicos desnutridos, golpeados, explotados y abusados, con familias tradicionales desintegradas, ensambladas o monoparentales. El sistema educativo está empobrecido. Las aulas, generalmente, excedidas en número de alumnos. La falta de perfeccionamiento docente adecuado a la realidad, los malos salarios que conducen al docente a tener dos cargos para vivir, los vínculos familiares golpeados por las sucesivas crisis económicas, la desocupación, la falta de una paternidad responsable y la evidente pérdida de límites respecto de hijos difíciles y una sociedad sumamente contradictoria y violenta, con falta de contención de quienes nos gobiernan, que gobiernan sólo para beneficio de unos pocos. Todo esto y muchos otros factores engendran en sí actos violentos. Si los padres no ponen límites y la escuela tampoco, para el niño todo le es permitido, todo vale, una mala nota no importa, golpear a sus compañeros tampoco, e insultar al docente menos. La cuestión se complica. Debemos apoyar la autoridad docente. Es importante e imperativo retomar el respeto por las instituciones. Por supuesto esto está unido al respeto por el otro. Hay que lograr convencer a los padres de que si bien nuestro ideal es que los chicos crezcan en libertad, ésta difiere de libertinaje. Nosotros, los adultos, debemos aceptar un orden normativo para la convivencia de todos y no defender ciegamente al chico en situación de conflicto con sus docentes o pares, sin escuchar qué es lo que puede estar sucediendo, qué está pidiendo ese chico con su comportamiento. Debemos reflexionar, acompañar, persuadir y dar afecto, debe ser un desafío no sólo para padres y docentes, sino para toda la sociedad. Lo fundamental es pensar que todas las cosas tienen solución o pueden mejorar. Hay que ampliar la mirada e intentar nuevos abordajes, estrategias diferentes para un mismo problema. No es fácil, eso ya lo sabemos, pero hay que buscar posibles soluciones. Se requiere una actitud positiva y una apertura para los cambios. Hay que partir de uno mismo, para acercarnos al problema del otro, niño, adolescente o adulto, alumno o par. Hay que ayudar a que los chicos violentos que tienen fuerza y creatividad mal canalizadas puedan descargarla en acciones positivas, en situaciones productivas. Para que esto pueda llevarse a cabo se necesitan recursos económicos, los recursos humanos están. El intento vale la pena. Debemos comprometernos con el hacer en, por y para uno y el otro.
*Univ. en Ciencias de la Educación Psicopedagoga Clínica e Institucional
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