LA CAPITAL
secciones Portada La ciudad El pais El mundo Opinion Economia Deportes Espectaculos Policiales
Hoy en la ciudad Ultimas noticias Marplatenses
Anteriores Suplementos Tapas
Mar del Plata: sede de la IV cumbre de las Americas.


 

El perro sigue en nuestro jardín

Víctor Heredia (*)

 

21.03.06


Lo extraño de asumir el tiempo transcurrido entre aquellos años terribles y el hoy, es este sentimiento que indica con saña que todo fue ayer.

Muchos de nosotros hemos quedado suspendidos en ese espacio inasible pero tan cierto como lo que nos sobrecoge cada vez que la memoria vuelve con sus fantasmas.

Leo y mi cabeza acepta los números: treinta años desde aquél fatídico 24 de Marzo de 1976, pero mi cuerpo entero decide que esos días están aquí, tan cerca como el último abrazo que nos diéramos con papá en la puerta de casa, allá en Paso del Rey, mientras le expresaba que no iba a exiliarme por nada del mundo. Tan cerca como el dolor de mi madre y el suyo cuando, pocos meses después, exactamente el 22 de junio tuvimos que salir desesperados en busca de un abogado, pero esta vez no era para mi -el artista perseguido y censurado-, sino para que algún valiente hiciera un Habeas Corpus a favor de mi hermana María Cristina y de su marido Claudio Nicolás Grandi, secuestrados violentamente de su hogar por fuerzas del ejército.

No fue fácil conseguirlo, pero recuerdo el rostro transido de mi padre y aquel camino insensato y nocturno que hicimos por la provincia en mi viejo Torino, en pleno toque de queda, esquivando retenes policiales, puestos volantes del ejército y grupos de tareas hasta llegar a Avellaneda donde por fin, un verdadero abogado confeccionó aquel papel que nos demostró, ante la impunidad reinante, la inutilidad del esfuerzo y el riesgo corrido.

¿Por qué se me ocurre esto, a treinta años del golpe? Porque intento explicitar, algo que las nuevas generaciones todavía no alcanzan a percibir, cuando se hace un análisis sobre aquellos días: uno puede lidiar con la censura, uno puede hacerlo aún con sus propios miedos, con las amenazas y las debilidades que ellas generan y salir airoso, pero no se puede lidiar en igualdad de condiciones contra todo un aparato estatal, que está confeccionado a partir de un elucubración maquiavélica como la que armó aquella dictadura militar.

Estábamos inermes, sin posibilidad alguna de recurrir a la justicia ni a ningún organismo representativo de ella. Esa sensación de ser poco menos que un insecto a la deriva y en manos de un destino diseñado por otros es, lo que más allá de nuestros muertos y el dolor que causa su desaparición en nosotros, debiera comprenderse cuando, con cualquier excusa (algunas dolorosamente atendibles), se acompaña a sectores que evidencian un proyecto político similar y anuente a los esquemas ideológicos de la dictadura y sus cómplices.

En este país existen esos sectores y se hacen presentes cada vez que tienen una oportunidad; es parte del juego de la democracia y honorablemente debemos aceptarlo, para eso la instauramos. Pero la izquierda progresista, los partidos que dicen sostener una ideología renovadora, deben tener en cuenta que no se puede coincidir, bajo ningún punto de vista, con los socios de aquellos asesinos, sobre todo cuando lo que se pone en peligro es el buen discernimiento de las mayorías.

Esas sociedades políticas (matrimonios interesados), impensables desde el punto de vista ideológico, confunden de tal manera al común denominador que, todo lo transitado, todo lo sufrido, juzgado y votado, es puesto en tela de juicio. La herencia de corrupción y la devastación social de este país no se deben cargar sobre las espaldas de las instituciones que nos representan actualmente, aún con sus criticables errores.

Quiero decir que ellas son emergentes de nuestras propias debilidades y son traicionadas, trastabillan, se equivocan y envilecen como lo hace la propia sociedad.

Nos va a llevar muchos años hacer el trabajo de limpieza que empezamos en 1983, y con el que hoy se llenan la boca los mismos que ensuciaron a este país con sus componendas y con sus corporaciones económicas: nacionales y transnacionales toda la vida, y ahora se erigen en alegres jueces de nuestros desaciertos.

Los partidos verdaderamente populares tienen la obligación moral y política de diferenciarse del verdadero enemigo, no sólo en el discurso ideológico, sino también en las acciones. Señalar desde allí, sin ningún interés mediático o especulativo, cuál es el camino que debe seguir una oposición verdadera, crítica e inteligente, pero protectora de este bien común que es la democracia y las instituciones que la sostienen. Esa es la única forma de instalar en nosotros y las nuevas generaciones el merecido reconocimiento a los que dieron la vida por este maravilloso espacio de libertad.

¿Pasaron treinta años? Quizá, pero el perro sigue en nuestro jardín y ladra con la misma furia que el día en que voltearon a Illia, o echaron a Perón o jaquearon a Alfonsín.



(*): músico. Especial para Télam.




 
Ultimas Noticias
Encuesta