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Realismo latinoamericano

Jorge Liotti (*)

 

09.05.06


Hay dos escuelas teóricas fundamentales en el estudio de las relaciones internacionales: una es conocida como "institucionalismo liberal" y la otra como "realismo".

El institucionalismo liberal reconoce como antecedentes conceptuales el iluminismo racional del siglo XVIII, el liberalismo económico del siglo XIX y el idealismo wilsoniano de principios del siglo XX.

Para los institucionalistas liberales el sistema internacional es anárquico porque no hay un poder central que pueda imponer orden, pero los estados pueden reducir los riesgos de conflicto a través de la cooperación mutua.

Basado en la tradición humanista de Kant, esta corriente cree que los seres humanos son capaces de aprender a través del intercambio y resignar intereses propios en función de objetivos comunes. De ahí su fuerte confianza en las instituciones internacionales, que constituyen el ámbito más apropiado para que los países hallen consensos en objetivos y pautas comunes.

El realismo, en tanto, reconoce como referentes intelectuales a Thomas Hobbes, Maquiavelo, Hans Morgenthau y Edward Carr. Si bien esta escuela también parte de la premisa de que el sistema internacional es anárquico, a diferencia de los institucionalistas los realistas piensan que esto es irremediable porque cada Estado es guiado sólo por sus propios intereses y no hay posibilidades de auténtica cooperación.

En consecuencia, lo más importante es que cada Estado acumule la mayor cantidad de poder posible para garantizar la defensa de los intereses nacionales. Desde esta óptica, las instituciones y los vínculos con otros países sólo son cuestiones tácticas para satisfacer las necesidades individuales de cada país.

En América latina imperó la visión realista durante los períodos de gobiernos militares, en un contexto de guerra fría que fue un escenario muy propicio para los autores de esta escuela. El auge de la diplomacia belicista y la proliferación de hipótesis de conflicto lo certificaron.

A partir de los procesos de democratización que se expandieron en la región durante los '80 y los '90, los países latinoamericanos viraron hacia criterios institucionalistas, también en consonancia con lo que ocurría en el resto del mundo. El auge integracionista quedó marcado por proyectos de distintas características, como la creación del Mercosur, la transformación de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en un área de libre comercio y la convocatoria a una Comunidad Sudamericana de Naciones.

Una serie de episodios han dado cuenta en las últimas semanas del decreciente espíritu institucionalista que recorre la región: la disputa entre Argentina y Uruguay por las papeleras, las amenazas de Uruguay y Paraguay de abandonar el Mercosur, la decisión de Venezuela de alejarse de la CAN, la nacionalización de hidrocarburos en Bolivia que generó sobresaltos en la relación con Brasil y Argentina, etc.

A ello habría que sumar las cumbres cargadas de desconfianzas y ausencias, como las de Kirchner, Lula y Chávez en Brasilia (Mercosur sin Paraguay ni Uruguay), la de Duarte Frutos, Chávez, Vázquez y Morales en Asunción (los chicos del Mercosur más los hidrocarburíferos, sin Argentina ni Brasil), la de Chávez y Morales en La Paz (sólo hidrocarburíferos), la de Kirchner, Lula, Chávez y Morales en Iguazú (grandes del Mercosur más hidrocarburíferos), o la de Vázquez con Bush.

Tres factores pueden ser útiles para explicar el retorno a esta versión de realismo latinoamericano, en la que cada país busca defender sus intereses por sus propios medios, ante la imposibilidad de hallar soluciones en instancias institucionales o mecanismos de cooperación y confianza.

El primero de ellos apunta al fracaso en transformar el auge integracionista de los '90 en un proceso sólido y confiable políticamente. La facilidad con que se están resquebrajando el Mercosur y la CAN confirman que no hay bases sustentables detrás de la retórica regionalista.

El segundo factor es el cambio de paradigma económico a nivel internacional. Después de un período de auge de los servicios y las finanzas, el mundo volvió a revalorizar los productos primarios, en particular las fuentes de energía. De este modo los gobiernos de países con recursos hidrocarburíferos, como Venezuela y Bolivia, apelan a esos recursos para recuperar parte del poder que la política perdió en manos de los grupos privados. Esto alteró los posicionamientos regionales y las percepciones de los distintos actores.

El último aspecto tiene que ver con el rol disociador de algunos de los principales protagonistas en la región, fundamentalmente Estados Unidos y Venezuela. El primero, por su nulo interés en liderar un proceso cohesionador, y priorizar tratados de libre comercio que actúan como cuñas. El segundo, por desequilibrar las relaciones en la zona a fuerza de petrodólares. Y Brasil, que podría haber asumido un rol de "primus inter pares", nunca demostró vocación por resignar pequeños beneficios propios para favorecer un proyecto regional menos asimétrico.

El regreso del nuevo realismo latinoamericano tiene razones justificadas.



(*): DyN.




 
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